En los últimos dos siglos hemos sido preso de la ideología de matriz hegeliana, donde la antítesis y síntesis daban tras su destrucción un resultado final, con ello el Marxismo el liberalismo como hijas de la ilustración cada una con su propia finalidad determinista; esto es, la metafísica de la libertad “individual”, cuya finalidad nadie parece saber explicar, a no ser que demos por válidas explicaciones subjetivas, de lo que cada uno entiende por libertad. Y el marxismo cuya aplicación práctica, ha sido no solo un fracaso si no un drama de proporciones enormes, (al menos el aplicado tomando como matriz el estado, y en su versión Staliniana).
Toda esta deriva, totalizante, determinista e incluso con ciertos toques de “nihilismo”, con un desastroso fracaso en vidas humanas, fracasos socioeconómicos y el vacío dejado que lo ha llenado el más inane, pero no menos peligroso para la sociedad que lo cobija, el virus de la posmodernidad.
Quizás de la afilada y certera crítica de Marx al socialismo utópico de Proudhon y demás utopías premarxistas que nacieron en el siglo xix al albor del Industrialismo derivado de la revolución industrial, pudiera salvarse del basurero de la historia, el concepto proudhoniano del “equilibrio” de clases sociales, que no lucha, entiéndase bien, alejado de cualquier tufo, corporativista o reaccionario.
Pero muchísimo antes que el autodidacta revolucionario Francés, el sabio más importante de todos los tiempos Aristoteles, nos hablaba de los tipos de gobierno, su evolución natural a lo largo de la historia, y cuya degeneración de la democracia, nos enseñaba el sabio heleno derivaba en una “demagogia”, quizá hoy tengamos una “demagogia”, añadiendo los epítetos de “partitocrática” y mediática a la ensalada de confusión “posmoderna” a la que nos vemos sujetos, la gente de a pie.
La cuestión es que ¿Por qué no retornamos al equilibrio Aristotelico?, sabemos que siempre existen intereses contrapuestos y tensiones, pero el poder si entendemos el estado como un poder neutro que gestiona, el bien común, y siguiendo la máxima de Montesquieu que había que permanecer en una tensa cuerda para mantener las libertades, de ahí entre otras razones, surgió su teoría del contrapeso entre poderes.
Si en estos dos siglos, generalizando en demasía, no se aplicó debido a estar preso de ideologías deterministas, ¿que lo impide ahora?, sobre todo para los que simplemente desde una “socialdemocracia”, pero de la de verdad, ojo¡¡¡¡pretendemos, equilibrar la libertad del individuo, sin menoscabar la justicia social y los intereses colectivos de la sociedad.
Independientemente de ser llamados “socialfascistas” por las lejanías de la izquierda, o radicales por la cada vez más extrema derecha económica, que ya roza si no ya está en la vía del puro “darwinismo social”, debemos analizar con la mayor objetividad posible, por que el Aristotelismo político; esto es, el equilibrio donde la elite no tenga la supremacía, ni tampoco el cuerpo político sea arrastrado por las pasiones del pueblo, que puede estar en un momento de alta emocionalidad, o conformado como en muchas ocasiones a lo largo de la historia, por una mayoría que usando el tema marxiano, de “lumpen”, arruinan su propia situación o achican o destruyen mentes geniales o sobresalientes.
A mi juicio, por desgracia la cuerda se está rompiendo por el lado más débil, las elites cosmopolitas, las mismas que gentrificar grandes ciudades como Barcelona o Madrid o París, expulsando a sus habitantes originarios, por no poder asumir el costo de un alquiler, que sube para estar a la altura de lo que puede pagar un “yuppie” alemán o Suizo, las que ofrecen 500 euros para 8 horas de empleo, las que realizan reformas lesivas para las clases medias y trabajadoras, pero que después se quejan de que no haya tasas de natalidad decentes, aunque siempre tendrán a un ejército de hambrientos del 3 mundo que tiraran los salarios a la baja, se preguntan el ascenso de la “ultraderecha” en muchos barrios del extrarradio de las grandes ciudades europeas, quizás y no solo, estas pinceladas a los que consciente o inconscientemente fomentan esto, les pueda dar una idea.
La destruccion de el estado del “bienestar” tras la máscara de la libertad individual, el emprendedor en un medio de cada vez más creciente “miseria”, pensiones irrisorias, de las que muchos padres de familia viven, tras volver a casa de sus suegros con la provecta edad de 50 años.
Ahora ya no existen ideologías que encorseten los hechos o las actitudes a realizar en el campo de la acción política, simplemente poco inteligentemente las elites cosmopolitas, liberales están haciendo algo incluso perjudicial para sus intereses a largo plazo, quizás estemos ante el comienzo de un neofeudalismo de cariz digital y globalizado, pero dista mucho de ser un régimen de libertades, donde la mayoría podamos acabar viviendo con un mínimo de dignidad y prosperidad.
Sin radicalidad de ningún tipo, sin acciones extremas, sin demagogia, pongamos todos a mantener el equilibrio del cuerpo político, tensar la cuerda y romperla solo va en perjuicio, de todos, y si no es así, a los que nos perjudica preparémonos para defender lo nuestro.
Defenderlo no es quemar containers, para ayudar a que los que recortan en educación y sanidad no puedan ser juzgados en su república o finca particular, significa no reformas laborales que son la miseria y la imposibilidad de hacer una vida mínimamente normal para muchos ciudadanos, significa asumir que el papel de nuestro país es secundario, pero dentro de los márgenes que nos dan, aun se pueden hacer muchas cosas, o al menos intentémoslo.
2 respuestas a “¿Es posible el Aristotelismo político, en los tiempos actuales?”
Una reflexión muy interesante plantea esta vuelta a Aristotéles. Es el camino de alguna manera del burgués ilustrado. Se trata de que cada uno lo haga en el trabajo, en casa, en el espacio público lo mejor que pueda y todos nos beneficiaremos. Y por supuesto, un gobierno de equilibrio que busque la mejora de los más necesitados.
Me gustaMe gusta
El problema Don Jordi, es qué nos encontramos tras el siglo de las utopías, donde el estado absoluto rebroto, a la nueva tecnocracia de corte feudal, pero sin la esperanza del más allá.
Me gustaMe gusta