» el sentimentalismo como peligro fundamental para nuestras libertades».

Occidente se encuentra en una «encrucijada civilizatoria», sobre la que cabría pensar si se trata solo de un momento de «duda» o «zozobra», o nos encontramos irremediablemente en un periodo de descenso y decadencia absoluta.

La hegemonía europea de lo que se denomina la «civilización occidental», ha surgido y alcanzado su auge mundial relativamente hace poco tiempo. Hablando en términos históricos, a partir del siglo XVI surgen los valores occidentales en ese momento de la sociedad mercantil, y más tarde capitalista, con toda su panoplia de valores económicos, morales e ideológicos.

Tras varias y fuertes «sacudidas»: la «reforma luterana» y su respuesta en la «contrarreforma católica», y sus hijos poco pródigos de la sociedad «liberal» de occidente (esto es, el «fascismo» y el «totalitarismo de raíz marxista»), todo parecía indicar, que, tras superar estos peligros que amenazaron y casi consiguieron destruir la hegemonía y civilización occidentales, esta situación podría seguir por unas cuantas décadas o decenios más. No obstante, actualmente acecha un peligro. Me refiero al sentimentalismo como base y móvil en el que se basan los átomos de una «sociedad política», es decir, los individuos que conformamos la misma, a la hora de tomar decisiones a nivel individual o colectivo como «sociedad política».

El sentimentalismo no se debe confundir, como crítica desde posiciones «racionalistas» radicales, o la crítica a los sentimientos de amor u odio, respeto, desprecio, empatía… que cualquier ser humano desarrolla a lo largo de su existencia con otros. En este caso, entiendo como «sentimentalismo» la total marginación y apartamiento de la «razón» en la toma de decisiones sobre aquellas cuestiones que nos conciernen como «sociedad política». Este fenómeno viene reforzado desde muchas instancias, algunas que representan la «autoridad» aunque no sólo, sino desde el mundo de la empresa, la economía y el sistema productivo, lo que, en mi opinión, lo hace terriblemente más peligroso.

El mundo actual es meramente visual a la hora de que el ciudadano recabe información. Lo visual genera una emoción rápida, frente a lo escrito o lo hablado «imaginería emotiva». Escaso tiempo para reflexionar o pensar, ya que esto requiere «tiempo y esfuerzo», y la sociedad entrante en la «revolución digital» va a velocidad supersónica.

Por otra parte, asistimos a la infantilización del individuo a través de cauces como el «estado de bienestar». La conclusión lógica de este hecho nos lleva a un mayor sentimentalismo que retroalimenta el nivel de  «infantilización». Alienación del individuo a través de un «poder» más blando y anestesiante que en otras épocas históricas en las que era más visible y coactivo.

En este nuevo escenario, educación y pensamiento débil «papá es tu amigo», se «aprende jugando»… no sólo se trasmite una distorsionada percepción de la realidad, que de por sí ya es peligrosa, sino que se intenta crear un mundo a la medida del sujeto, y no que este lo comprenda tal como es. Lo podríamos denominar «romanticismo posmoderno».

Ligado a ello se encuentra la ocultación del sentimiento de fracaso o del «fracaso» en sí, la búsqueda de la felicidad, (si alguien sabe que es en concreto, dicho concepto). Ideas tan curiosas como el thacheriano «capitalismo popular», que, sin duda, ha sido el fermento psicológico y cultural de fenómenos como la «burbuja inmobiliaria» y la posterior crisis por la que nuestra «clase política» aún no ha rendido cuentas ni ha sido debidamente sancionada.

Así llegamos a la ideología «posmoderna» o de la «posverdad» ya que, si no existe ninguna verdad constatable, la razón está de más en las sociedades políticas occidentales de nuestros tiempos.

En conclusión, según la sociología política del siglo pasado y actual, (todos lo podemos constatar empíricamente en nuestra vida diaria), el votante medio a la hora de decidir su voto, como en otras facetas de su vida, no siempre toma las decisiones más «racionales» ni aquellas que más convengan a sus «intereses» de clase, gremiales o económicos.  A mi juicio, esto que per se no sería extremadamente «grave», ha dado últimamente un paso adelante en cuanto a la degeneración de nuestros sistemas políticos. Siendo esto de por sí realmente peligroso en el mundo globalizado que nos movemos, nos pone en «un brete» frente a otros poderes «globales» emergentes. Es decir, nuestra debilidad brota de nuestro propio seno como sociedad, como consecuencia de la actual prevalencia del “sentimentalismo».


Deja un comentario